Apenas recuerdo nada anterior al momento en el que me dieron la libertad incondicional en el infierno, eso sí, sé que salí de allí con una media sonrisa en el rostro. Con el viento en la cara, con las ideas claras, sin prisa, pero sin retroceder.
("Las marcas de azufre en tus pisadas te delatan", me susurraste al oído).
Acabé aprendiendo una gran lección: las cadenas que yo mismo me ponga son más pesadas que las de hierro. Aunque tampoco es tan difícil dar una patada y derribar muros. Después de vivir en el infierno, ahora es pan comido. Eso es lo que intenté decirte.
("Eso sólo te destruirá a ti, y me hundirás a mí contigo", gritaste con ira tantas veces...).
domingo, 13 de abril de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
5 comentarios:
Nadie tiene libertad incodicional en el infierno, al primer síntoma de relax anímico nos volvemos a llevar una patada en el cráneo que da con nuestros huesos entre la basura...
No es que me encerraran y me dieran la in-condicional, dicen las malas lenguas que nací allí y que no me dejan volver jajaja
Quizás de tanto repetirlo hasta parece que me lo he creído... :p
¿Que naciste allí? fachada...te embadurnas los pies de amarillo antes de salir de casa...con esa cara de niño bueno...ni compartiendo peluquero con la gente del norte.
XD
Si aprendiste una lección, por lo menos no fue en balde haber estado en el infierno.
Besos felinos.
No es tan mal sitio, pantera. Se ven las cosas más claras desde allí, y eso permite ver más allá de las narices de cada cual...
Publicar un comentario