Tras varios días (con sus correspondientes mil noches), deambulando por el abrasador desierto, perdida toda esperanza de encontrar las palabras del chamán, abrasado con cada luna y tiritando de frío al gigantesco sol, por fin vi las huellas que en seguida supe que eran del coyote. Supe que si lo encontraba me diría lo que andaba buscando, por su boca saldrían las palabras que tanto había buscado.
Seguí las huellas durante un tiempo que no puedo decir exactamente cuanto fue, pero apenas me dí cuenta del camino que recorrí: pudieron ser semanas, meses, pero fue como un instante apenas. Al subir una duna miré el horizonte, y allí estaba el coyote, mirándome fijamente, esperando a que llegase, paciente. Habló como lo haría un ser humano, con un acento que al principio me chocó, excesivamente musical, y sus palabras, que sólo yo pude y supe oír, me atravesaron la cabeza e hicieron que pudiese dar un solo paso más. Caí tendido al suelo: fulminado. Cuando recuperé la lucidez, aquellas crudas palabras estaban tatuadas en mi cabeza. Y supe que por siempre.
sábado, 29 de septiembre de 2007
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1 comentario:
Recuerda un poco a cuando homer tiene que buscar a su alma gemela y sueña con un coyote XD
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